MORIR EN EL
CAPITALISMO
Foto: funeral de víctimas del sionismo en Gaza
"Mi
sueño es morirme porque hago cosas malas". Respuesta de Cristian, un
joven de Medellín víctima del sistema capitalista, a la pregunta sobre sus
sueños y anhelos. Proyecto "Mapa de sueños latinoamericanos" 1992
-2013, del fotógrafo argentino Martin Weber. https://www.facebook.com/teleceiba/posts/mi-sue%C3%B1o-es-morirme-porque-hago-cosas-malasentre-1992-y-2013-el-fot%C3%B3grafo-argent/5826529670711847/
La muerte es la única certeza que
tenemos, y sobre ello han reflexionado varias personas sabias a lo largo de la
historia. Es un tema incómodo que tratamos de evadir.
En los albores de la humanidad,
pocos sobrevivían para llegar a ser adultos, y si lo hicieron, probablemente
fueron devorados o pisoteados por sus presas de caza. Pero murieron también en
las luchas por territorios y por los primeros bienes acumulados, enfrentados
unos contra otros, aunque todos entonces éramos hermanos, hijos de un mismo
tronco.
Igual que en la vida, la forma de
morir hoy nos diferencia. Algunos tiranos, responsables de genocidios, mueren
cómodamente en sus camas o en la sala de un hospital privado en alguna
metrópoli, rodeados de sus familiares, a veces evadiendo la justicia; ello,
aunque no se merezcan esa muerte tranquila. Sus víctimas probablemente
desaparecieron en un “vuelo de la muerte”, en una celda inmunda en medio del
digno silencio frente a la tortura, aplastados por la explosión de un misil, o
peleando guerras ajenas que sólo benefician al poder político y económico.
Idealmente todos los seres
humanos deberíamos llegar a viejos y morir tranquilamente, sin violencia, sin
dolor, dignamente, protegidos por la sociedad. Pero no sucede así.
La primera vez que el Estado
ecuatoriano publicó oficialmente datos vitales, como el fallecimiento de las
personas y las causas de esos fallecimientos, fue en el año 1954[1].
Los primeros datos tuvieron mucho subregistro e inconsistencias; sin embargo,
permiten tener un panorama de la forma de morir de los ecuatorianos en esa
época.
Para la década de 1960, con unas
estadísticas algo más maduras, según los datos históricos del Instituto
Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) una de cada tres defunciones
ocurridas en el Ecuador correspondía a niños y niñas menores de un año, una
barbaridad, muchos de esos angelitos eran enterrados clandestinamente. Y antes
de ello, la situación fue aún peor. Llegar a cumplir un año de edad era toda
una hazaña en los hogares más empobrecidos y en especial entre la población
rural indígena. Los padres no bautizaban ni registraban a sus hijos hasta que
cumplan un año de edad y suponían más o menos asegurada su sobrevivencia, así
de grande era la tragedia. Las niñas y los niños morían por hambre, por desnutrición
severa, por enfermedades diarreicas, por malaria, por neumonías y otras
infecciones respiratorias agudas, muchas de esas muertes eran prevenibles con
intervenciones sencillas como alimentos, vacunas, antibióticos o hidratación
oral. Los niños morían de pobreza, de violenta pobreza, de exclusión social.
Hoy, en pleno siglo XXI, en
tiempos de auge, pero también de crisis capitalista, la gente sigue muriendo de
pobreza, pero hay nuevas formas de morir.
Me impresionó un reportaje sobre
las personas que mueren solas en sus casas en Japón, a veces en diminutos departamentos
saturados de empaques de comida a domicilio. No es algo excepcional, para el
año 2025 (ver reportaje https://www.facebook.com/reel/1036170089339279),
según las autoridades japonesas, habrían fallecido 76.941 personas de esa
manera, muertas de soledad. Existe incluso un tipo de servicio especial de
limpieza para evacuar de esa soledad a los fallecidos y sus pertenencias.
Ello se relaciona también con
otro fenómeno que es una epidemia en Japón, Corea del Sur y seguramente en
otros países del capitalismo central: lo jóvenes y no tan jóvenes (incluso adultos
de 50 o 60 años) que no estudian ni trabajan y se encierran en sus casas o en
las de sus ancianos padres, a sobrevivir, hasta cuando puedan. En Japón, a esas
personas se conoce como “hikikomori”, y serían más de dos millones en la
actualidad. Generalmente, cuando muere el padre o la madre que los mantienen
con su pensión jubilar, los hijos también están condenados a la muerte.
Muchas veces esas muertes en
soledad son ignoradas durante meses por los familiares o los vecinos, que sólo
se percatan cuando sienten olores extraños que salen de algún departamento.
Cómo se explica ese fenómeno, en
una sociedad (la japonesa) que es vista como casi perfecta desde el resto del
mundo. Una sociedad que lo tiene todo perfectamente organizado, desde el
trabajo, la educación y la salud, hasta el transporte y la recreación. Pero que
exacerba el individualismo capitalista, hasta llegar a la falta de calidez y la
muerte por soledad.
En los países del capitalismo
central, esas muertes por soledad, por aniquilación de proyectos de vida, se
relacionan también con las altas tasas de suicidio. La Organización Mundial de
la Salud (OMS) estimaba que, para los primeros años de la década de 2020, la
tasa de suicidio a nivel mundial era de 9 muertes por cada 100.000 habitantes,
un fenómeno que va creciendo en algunas regiones del mundo, incluida América
Latina y El Caribe.
En Corea del Sur, esa tasa (27,5
x 100.000 habitantes, al año 2021) sería tres veces más alta que el promedio
mundial. Pero el suicidio ocurre también en gran magnitud en los países más
pobres del mundo, del capitalismo periférico; según la misma OMS (datos 2021),
Lesoto, encerrado en el territorio de Sudáfrica, es el país con más alta tasa
de suicidio en el mundo (28,7 x 100.000 habitantes según OMS, pero según otras
estimaciones podría llegar hasta la enorme tasa de 80), en América, Guyana
tendría la tasa más alta (24,8 x 100.000 según la OMS y hasta 40 según otras
estimaciones). Habría que entender las condiciones particulares de la población
en países como Lesoto o Guyana, para explicar esas tasas tan altas. De hecho,
las más altas tasas de suicidio, en forma global, estarían en los países de ingresos
medios bajos.
En el suicidio, que hay que
entenderle como una forma grave de violencia social, pesan tanto las
condiciones difíciles del capitalismo central (como la soledad), así como la
falta de perspectivas de vida en cualquier parte del mundo, incluyendo la
pobreza y falta de trabajo digno. Ir a pelear como mercenarios por intereses
ajenos, es también una forma de suicidio.
En Estados Unidos de Norteamérica,
el non plus ultra del capitalismo imperialista, de la “democracia” occidental, la
población convive también con la soledad y el suicidio. Pero, en las últimas
décadas el problema más grave es la muerte por sobredosis u otros efectos del
alto consumo de drogas; últimamente de manera especial el fentanilo, sobre todo
entre la juventud. Para el comienzo de esta década 2020, según la Oficina de
las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), las estimaciones
preliminares en Estados Unidos de muertes por sobredosis por fentanilo apuntaban
a más de 107.000 en el año 2021; ello significa el doble de los soldados
norteamericanos muertos en la guerra de Vietnam en una década. Prácticamente la
juventud de USA está muriendo por el efecto de las drogas, por la codicia del
narco capitalismo, con el que la oligarquía gringa se siente muy cómoda, aunque
aparente ayudar a combatirlo. Los datos oficiales del gobierno de Estados
Unidos señalan que esas muertes por sobredosis de fentanilo han disminuido ligeramente
para los años 2024 y 2025 (lo cual podría ser dudoso, un ocultamiento de
información), en todo caso, continúa siendo un muy grave problema interno que los
diferentes gobiernos norteamericanos no han enfrentado de manera adecuada,
mientras al mismo tiempo agreden a otros países con pretexto del narcotráfico,
mientras bombardean botes de pescadores latinoamericanos.
Los problemas del capitalismo
central, incluyendo su crisis económica y sus guerras colonialistas, repercuten
en todo el mundo, y lo hacen de manera grave en el Ecuador y Latinoamérica.
Recientes reportes de medios como RT o BBC, dan cuenta de como miles de jóvenes
latinoamericanos (sobre todo colombianos, brasileños y mexicanos) se dejan
engañar por los cantos de sirena de los reclutadores (muchas veces por redes
sociales) y van a morir como mercenarios en los conflictos de Ucrania u Oriente
Medio. Y no desde ahora, los mercenarios de origen latinoamericano han estado
presentes en las invasiones de USA a Iraq y Afganistán desde comienzos del
siglo XXI.
Sin embargo, uno de los problemas
más graves en la actualidad es la muerte de jóvenes reclutados por pandillas y
otros grupos delictivos al servicio del lumpen narco capitalismo, generalmente
con vínculos con los estados y con grupos tradicionales de poder (la
aristocracia oligárquica); ello, tanto en el Ecuador como en otros países de
Latinoamérica.
El espeluznante panorama dentro
de las cárceles ecuatorianas que denunció la valiente periodista Karol Noroña
en su reportaje “Encerrados para morir”, no puede ser más revelador de ese
grave problema humanitario, que tiene sin cuidado al necro gobierno ecuatoriano
de Daniel Noboa. Muchas de las víctimas que mueren de hambre, desnutrición
extrema, tuberculosis y otras enfermedades, son jóvenes detenidos como micro
traficantes (a veces consumidores confundidos a propósito como tales) u otros
delitos menores, presos sin sentencia, que son carne de cañón de la violencia
estructural.
Y no sólo en las cárceles ocurre
ese verdadero genocidio de jóvenes empobrecidos y racializados. Los barrios
populares de las grandes ciudades de Latinoamérica, pero también los bastiones
“latinos” y tercermundistas de las ciudades estadounidenses y europeas, son escenarios de
prácticas de exterminio estatal y del acoso de grupos extremistas neonazis. El
caso del crimen de Estado de los cuatro niños de Las Malvinas en Guayaquil,
sólo es uno de los tantos ejemplos de esa política de exterminio, que muchos
analistas han definido como parte del necro liberalismo, pero también de necro estados,
necro gobiernos. De necro oligarquías y sus vasallos que hoy se han tomado
varios gobiernos latinoamericanos con el aval y ayuda de la CIA, del
Departamento de Estado gringo y del sionismo internacional, que literalmente
están expandiendo una sociedad fascista y asesinando a nuestros jóvenes.
El récord genocida del
capitalismo es mayor que en cualquiera de los modos de producción que los
antecedieron, el esclavismo y el feudalismo. Las modernas tecnologías
multiplican la potencia genocida. Lo vimos en los campos de concentración y
exterminio nazis, en las cerca de 200.000 víctimas civiles de las armas
atómicas gringas en Hiroshima y Nagasaki, en los millones de campesinos
vietnamitas asesinados durante la guerra de ocupación estadounidense, y en los
cerca de 100.000 víctimas del genocidio sionista en Gaza, la quinta parte de
los cuales son niños y niñas.
El capitalismo mata de hambre, de
soledad, de enfermedad y de otras formas de violencia, de guerras imperialistas.
Mata con sus productos nocivos del industrialismo acumulador de riqueza;
anualmente son millones de personas en el mundo que mueren cada año por efecto
de productos industriales, no sólo armas, sino alimentos y bebidas
ultraprocesados, bebidas alcohólicas y productos de tabaco, agrotóxicos y
contaminantes químicos.
Por ello es que muchos
combatientes contra el capitalismo imperialista y sus atrocidades, prefieren
morir en batalla, antes que someterse a la muerte lenta, que, para muchos, es la
única opción que ofrece el capitalismo.
Mientras no cambie la sociedad,
para bien, los oligarcas (con raras excepciones) seguirán muriendo
tranquilamente en sus camas, de viejos; en tanto que los pueblos empobrecidos
del mundo seguirán siendo victimas de la violencia estructural del capitalismo,
en todas sus formas, del terrorismo de estado y de los grupos de poder.
hnc / 1-sep-2026
[1] El
primer Anuario de Estadísticas Vitales de la República del Ecuador lo publicó
la Dirección General de Estadística y Censos del Ministerio de Economía, en el
año 1954 https://www.ecuadorencifras.gob.ec/documentos/web-inec/Poblacion_y_Demografia/Nacimientos_Defunciones/2018/Historia_nacimientos_y_defunciones.pdf
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