TARJETA ROJA A LA FIFA CORRUPTA: un mundial de vergüenza


La ecuación es simple. Si se le permitía ganar a Egipto frente a Argentina, el negocio se arruinaba, miles de millones de dólares se hubieran esfumado de las arcas de la FIFA y de las corporaciones cómplices. Había que anular el segundo gol de Egipto a como dé lugar, y de paso la alegría de los jugadores y de los pueblos que ya festejaban un triunfo contra el campeón mundial, pero sobre todo contra la prepotencia. Un golpe a la credibilidad y confianza de todos.

Y no se trata de una animadversión contra el equipo de Argentina, peor aún contra el fraterno pueblo argentino, el pueblo de Maradona, que tiene derecho a soñar y festejar sus triunfos, como un oasis dentro de los tormentos del gobierno ultraderechista de Milei. Se trata de que exista justicia, en el fútbol también.

Y así han sido de polémicas varias decisiones de la FIFA y de los jueces fieles a la misma y sus disposiciones. No importa el deporte, sino el espectáculo que genera capital.

Y no es que la FIFA no haya sido corrupta antes. Recuerden el fifagate. Sino que con Gianni Infantino alcanzó niveles extremos esa corrupción. En este mundial del 2026 han sido totalmente desvergonzados, no se cuidaron de maquillar la farsa.

Ya se veía venir, cuando Infantino entregó el “Premio de la Paz” a Donald Trump el 5 de diciembre de 2025, durante la ceremonia del sorteo final del Mundial de 2026 en Washington D.C., en reconocimiento a sus "acciones excepcionales" para promover la paz mundial. En desagravio por no haber recibido el Nobel.

Más o menos por esa época, Cristiano Ronaldo (18 de noviembre de 2025) y Messi (5 de marzo de 2026), las supuestas dos figuras máximas de la contienda (así vendidas), le hacían reverencias a Donald Trump en la Casa Blanca. Messi, además, en medio del genocidio al pueblo palestino en Gaza y en medio de la guerra de agresión de USA e Israel contra el pueblo y Estado de Irán, no ha dudado en fidelizar su identidad con el sionismo.

De pronto, la FIFA ya no es sólo un organismo que gestiona y administra un deporte a nivel mundial. Aspira a sustituir a organizaciones financieras y de derechos humanos. Pretende ser árbitro que califica a las personalidades políticas.

El trato que recibió el equipo iraní por parte del gobierno de Estados Unidos (con complicidad de la FIFA), no se compadece con los instrumentos internacionales de derechos humanos, con las mismas normas de la FIFA, ni con básicas pautas éticas. Pero parece que la FIFA tiene su propia visión al respecto, de común acuerdo con sus poderosos aliados.

Según el medio The Conversation: “Lo que la ciencia política identifica como personalist rule –gobierno por acumulación de lealtades individuales, no por procedimientos institucionales– define con precisión el estilo Infantino: remunera a 211 federaciones nacionales mediante el programa Forward y las fideliza, vacía los órganos de control independientes y no rinde cuentas ante ningún mecanismo democrático real. La captura institucional –proceso por el que una organización pierde su mandato original para servir a intereses de quienes la controlan– es completa.”

El circulo se cierra entonces: FIFA – gobierno de Trump, y Messi, una figura del fútbol mundial que sirve bien a sus fines. Y seguramente hay mucho entramado alrededor de ello. Todo por los “business”, cada cual lleva su parte

Para el 2026, la FIFA definió como sede a tres países, algo inédito. Priorizando los beneficios corporativos por sobre las condiciones para una buena y equitativa competencia deportiva. Tomaron ya una decisión que priorizaba los beneficios económicos cuando designaron como sede a Catar hace cuatro años, un país sin ninguna tradición futbolística. Más valieron las gordas billeteras de los emires, los jeques y los empresarios.

Pero hay otros detalles, a más de los arbitrajes siempre perjudiciales para los que no son sus aliados o a los que consideran equipos menores (africanos, latinoamericanos -que no sea la Argentina de Messi-, musulmanes y otros). Uno de esos detalles es haber ampliado la competencia a 48 equipos, y por tanto a mayor número de partidos disputados para los que lleguen a las fases finales, lo cual alarga la competencia y va en contra del rendimiento de los futbolistas, aumentando el riesgo de lesiones; lo han dicho ya algunos de los deportistas y técnicos.

Cada una de estas decisiones le implica embolsarse millones de dólares a la FIFA. Como también aquella de alargar el tiempo de los partidos a través de las “pausas de hidratación”. ¿Cuánto recibirá la FIFA de los emporios auspiciantes (cuyos productos son los únicos que pueden propagandizarse dentro de los estadios y las transmisiones) y de las cadenas de TV e Internet, por esos alargues del campeonato y de cada uno de los partidos?

Uno de los detalles que puede pasar desapercibido, es que sorprendentemente Canadá, México y Estados Unidos de Norteamérica pasaron a octavos de final. Y no es que sean excelentes equipos como para merecerlo sin cuestionamiento, son mediocres nomás. Y no faltaron artimañas para debilitar a sus oponentes o proporcionar ventajas a los anfitriones. Ello ayuda a sumar otros millones de dólares.

El sorteo comenzó ya favoreciendo a USA, Canadá y México, poniéndoles como cabezas de serie (sitio destinado a los mejores) en grupos con rivales relativamente débiles. Para asegurar el paso a las siguientes rondas, hasta donde se pueda mantener la trampa.

Pero hubo detalles más descarados, como el dejar ilegalmente sin efecto la tarjeta roja contra el jugador Folarin Balogun de USA, permitiéndole actuar en octavos de final contra Bélgica. Todo ello, luego de una cínica llamada de Trump a Infantino, y una disposición de éste al presidente del tribunal de arbitraje.

Y otro extremo llegó cuando el arbitro del partido garantizó a toda costa el paso de Argentina a cuartos de final, perjudicando a su rival, Egipto. Este último hecho tiene también un trasfondo político; el director técnico del equipo egipcio, Hossam Hassan, había mostrado su simpatía por el pueblo palestino y condenado el genocidio por parte de Israel. Mientras que al otro lado de la cancha estaba un buen amigo del sionismo: Lionel Messi. En la barra argentina flameó una bandera de Israel.

A estas alturas, no importa quien gane este mundial 2026. Para una gran parte del público del mundo (me incluyo), este torneo ya está viciado. Su ganador no tendrá la conciencia tranquila.

Las escenas del capo de la corporación mafiosa llamada FIFA, a lo Al Capone, disfrutando de algunos de los importantes partidos desde el palco más privilegiado, tomando champagne y codeándose a veces con otras personalidades de las mafias mundiales y los gobiernos que le aúpan (Claudia Sheinbaum no se prestó para ello). Completan el panorama.

No hay evidencias para decir que los gobiernos de México y Canadá formen parte del chanchullo. Pero Donald Trump (con varios antecedentes delictivos, incluida pedofilia y crímenes de lesa humanidad) seguramente si forma parte de los arreglos; después de todo es un hombre de espectáculos, desde Miss Universo, hasta las guerras genocidas transmitidas en vivo, como espectáculo hollywoodense; y hoy un fútbol amarrado. Lo malo es que deportistas, técnicos, árbitros y tribunales, se presten para ello, o acepten en silencio todas estas anomalías.

hnc / 8 julio 2026

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